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Invisibles como víctimas de violencia de género

INVISIBLES COMO VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO

Con datos de la FEANTSA 2020, “las mujeres que sufren violencia en el ámbito doméstico tienen cuatro veces más probabilidad de sufrir inestabilidad residencial que aquellas que no sufren este tipo de violencia” (traducción propia en pág. 3). 

Y es que en el análisis de la violencia en el ámbito de la pareja o expareja y el sinhogarismo encontramos situaciones que podemos pensar a priori que son totalmente diferentes pero en realidad hablamos del mismo problema con diferentes dimensiones y, por tanto, que requiere de diferentes abordajes.

¿A qué nos referimos? Vamos a llevarlo a dos ejemplos. 

Pensemos en una mujer a la que llamaremos Gloria. Gloria convive con su pareja, Félix,  y los dos hijos de ambos en un piso en alquiler que pagan con los únicos ingresos que tienen, lo que gana Félix en la empresa de transportes en la que trabaja. Félix ha maltratado a Gloria desde el noviazgo. Empezaron a salir juntos hace 8 años cuando ella acababa de llegar de Guayaquil y llevaba sólo 2 meses en Madrid. Durante estos años el infierno de violencia psicológica ha sido constante y los episodios de violencia física cada vez más frecuentes. Su hijo mayor presenció la última paliza y ese ha sido el detonante para que Gloria pueda salir de esa vivienda con sus hijos y quiera dejar a Félix.

Ahora pensemos en otra mujer, a la que llamaremos Manuela. Durante sus primeros años de vida Manuela vivió con su familia en una chabola en el extrarradio. Desde que tiene uso de razón recuerda a su padre abusando sexualmente de ella. El trato del resto de adultos era violento en la casa, entre ellos, con los pequeños, pero que ella sepa el padre sólo abusaba de ella. A los 14 años fruto de una de las violaciones de su padre Manuela se queda embarazada. Decide llevar el embarazo a término y cuando le dicen que espera una niña se escapa de casa para proteger a su hija de los abusos de su padre biológico, que es a la vez su abuelo. Después de meses de sobrevivir en la calle o con conocidos, llega el momento del parto y Manuela ingresa en un hospital. La niña nace con una deficiencia coronaria y desde el hospital deciden retirar la tutela a Manuela porque su edad y sus condiciones de vida no le van a permitir cuidar de ella adecuadamente. Una vez sale del hospital Manuela regresa a la calle y pasa años entre centros de menores, cuando le detecta la policía por la calle y hasta que se escapa de nuevo, pisos de conocidos, de amistades que hace en la calle, la propia calle. Para cuando Manuela cumple los 18 años ha sufrido decenas de abusos y agresiones físicas, sexuales, psicológicas. Han abusado de ellas hombres que conocía, hombres que no conocía, hombres que en teoría estaban ahí para cuidar de ella (en centros de menores, en comisaría). Lleva para entonces con consumos muy abusivos de pastillas y alcohol, en ocasiones algo más fuerte, cuando consigue algo de dinero. A los 20 años y después de 6 meses de relación con Víctor, un chico que conoció en la calle y con el que sobrevive en la zona de Delicias, harta de las palizas y las violaciones de éste, decide denunciarle y pedir ayuda para salir de esa relación.

En este caso tanto Gloria como Manuela están en el mismo punto. Han decidido salir de la situación en la que su vida corre peligro y pedir ayuda especializada. 

Es previsible que Gloria pueda acceder a los servicios de atención a mujeres víctimas de violencia de género con relativa facilidad, siempre que no se encuentren desbordados y haya plazas. Tendrá acceso a atención especializada en un centro protegido por un tiempo determinado y seguro que podrá empezar a recuperarse de las consecuencias que la violencia ha tenido en su cuerpo, en su vida, en la de sus hijos, etc. Enfrentará con el tiempo la dificultad de la salida del centro de protección. En una situación administrativa irregular, sin experiencia laboral en España, sin apoyos para el cuidado de sus hijos de cara a ir a cursos o empezar a trabajar, la posibilidad de acceder a una vivienda y de mantenerla de forma autónoma se complica. 

¿Y Manuela?, lo previsible es que acuda a un servicio de protección frente a la violencia de género pero consiga plaza en esa red especializada. Es habitual que las redes de atención y protección frente a la violencia dejen fuera a mujeres con consumos activos o con malestares psíquicos. Será derivada a la red de atención a personas sin hogar pero ella rechazará la plaza por su propia seguridad. Si no es Víctor serán conocidos de éste los que la vean en el albergue y volverá a estar en peligro. Se buscará la vida entre apaños informales de alojamiento, algunos le pondrán en situación de riesgo, en otros estará más tranquila, pero volverá a esas formas ocultas de sinhogarismo de las que hemos hablado. 

Estas previsiones las hacemos en base a la práctica, si bajamos a la casuística seguro que encontraríamos otras trayectorias y situaciones pero analizamos éstas con fines didácticos. 

En un caso u otro tendrá más peso una etiqueta que será la que determine el curso de la intervención. En el caso de Manuela pesará más la etiqueta de “sin hogar” y le orientarán a que acuda a esos recursos. En el caso de Gloria pesará más la etiqueta de víctima de violencia de género y accederá de inicio a la red de protección frente a la violencia de género, con el tiempo estará en una situación grave de exclusión residencial y social.  

Y es que, tal y como están configurados los recursos para personas sin hogar y los recursos para mujeres víctimas de violencia de género, no es posible que lleguen a cubrir las necesidades de las mujeres en las intersecciones en las que varias situaciones les atraviesan a la vez. Veamos las limitaciones más importantes que encontramos en unos y otros servicios. 

¿QUÉ LIMITACIONES PRESENTAN LOS RECURSOS PARA PERSONAS SIN HOGAR EN LA ATENCIÓN A MUJERES QUE SOBREVIVEN A VIOLENCIAS MACHISTAS?

De forma muy escueta vamos a señalar las tres limitaciones que para nosotras son las principales. 

  • Son recursos pensados por y para hombres 

Debido a la infrarrepresentación de las mujeres en los análisis del sinhogarismo, como veíamos en el primer módulo del curso, de forma equivocada se llega a la conclusión de que no hay mujeres sin hogar o que, si las hay, son una minoría. Por ese motivo los recursos no se piensan para mujeres sin hogar y a ellas se les reservan una mínima proporción de plazas en recursos muy masculinizados. Como hemos visto, las mujeres, que mayoritariamente transitan por situaciones residenciales ocultas u ocultadas, van a intentar evitar por todos los medios hacer uso de un centro, de un albergue, de un recurso mixto. 

Cuando se les pregunta es habitual que refieran que en algún momento se han sentido inseguras en estos dispositivos. Aunque no hay mucha investigación al respecto lo habéis podido ver en el Informe de la investigación “Mujeres Invisibles” del equipo de AIRES. 

Además, las personas que hacen uso de los recursos para personas sin hogar, incluso en una gran ciudad como Madrid o Barcelona, es habitual que se conozcan entre sí, especialmente si las trayectorias de calle y albergues ha sido larga. Eso hace que algunas mujeres que han conseguido romper la relación con un agresor eviten ir a estos dispositivos por su propia seguridad. Aunque no esté su agresor en el centro o servicio lo más seguro es que haya algún conocido o amigo de éste que le de información sobre el paradero de ella. 

Si habéis conocido algún centro o servicio residencial para personas sin hogar habréis visto que, por lo general, son centros grandes, generalmente con una alta ocupación y de estructura modular (tipo carcelario, un esquema de construcción que tristemente se trasladó a albergues o a centros para personas mayores o con discapacidad). Es habitual que cuenten con salas comunes de televisión, o sala de estar de alguna forma, en algunos casos con salas para la actividad física, y con áreas de dormitorios y aseo. Las habitaciones son compartidas, varía mucho el número y forma aunque no es raro que se disponga de literas para varias personas y quizás se cuente con una minitaquilla para las pertenencias. Las áreas de aseo son, generalmente, baños y duchas compartidas. Hay, lógicamente, zona de habitaciones y aseo de mujeres separadas de las de los hombres, aunque no son infrecuentes los relatos de mujeres usuarias de esos centros que hablan de otros usuarios hombres, en ocasiones, o vigilantes hombres, muy frecuentemente, paseándose de noche por la zona de descanso de las mujeres sin garantizar una intimidad mínima. 

Dos características que hemos detectado en los centros y recursos residenciales es que no hay espacios donde una persona pueda tener intimidad, ni siquiera donde pueda estar sola, y que, al ser estructuras modulares, generalmente tienen pasillos, recovecos y zonas no vigiladas y habitualmente oscuras, donde las mujeres se sienten especialmente inseguras. 

  • Son recursos que funcionan desde una lógica emergencista

La lógica de los dispositivos comunales para dar cobijo a los pobres en España se remonta a siglos atrás. Desde la década de los 80 del siglo pasado cambió un poco el aspecto, en algunos casos se intentó innovar generando módulos que separaran a las personas; el módulo de jóvenes, el de más mayores, el de personas que estaban ya trabajando… Hasta en ocasiones en vez de módulos se optó por denominaciones como “unidades de convivencia”. Creamos entonces en las redes de atención a personas sin hogar la lógica de los “grados de exigencia”. Desde la baja exigencia, conformada por lugares de pernocta donde los criterios de acceso y uso son muy laxos, pasando por la media exigencia para llegar a la alta exigencia, formada por recursos donde las personas, a cambio de cumplir una estricta lista de requisitos y sus objetivos del plan de intervención, ganan cierta autonomía y cierto grado de privacidad e intimidad. La explicación detallada de esto es larga y no nos vamos a detener aquí en este punto. Simplemente es importante acercarse al hecho de que los albergues, de más baja o más alta exigencia, se pensaron bien como soluciones inmediatas a través de las que poner un techo encima de la cabeza de personas que sobreviven en la calle, bien como lugares de acogida temporal en las que cubrir las necesidades básicas y encontrar los apoyos mínimos para poner a la persona en contacto con los sistemas de servicios sociales, de vivienda, de salud, de salud mental, etc. Es decir, con los sistemas a través de los cuales la persona encontraría apoyo especializado. ¿Y con qué muros se ha encontrado esta forma de abordar el sinhogarismo? En primer lugar, contamos con evidencia suficiente para decir, sin ningún género de dudas, que es un sistema ineficaz. Este abordaje consigue cronificar la situación de las personas, consigue, acaso, gestionar a un volumen grande de personas, pero no consigue en ningún caso solucionar su situación. En segundo lugar es una respuesta que desde hace décadas, sobre todo en la última década, ha dejado de ser temporal. Como el mercado inmobiliario está como está y es inviable acceder o mantener una vivienda estando en una situación precaria, y como los sistemas de servicios sociales, de salud, de salud mental, etc están colapsados y no son ágiles, los centros y recursos para personas sin hogar se convierten en lugares estables de convivencia. Para muchas personas se convierten en su lugar de residencia durante años. Por último, como se pensaron para dar cobertura temporal a necesidades básicas (higiene y alimentación, básicamente), la configuración de equipos, por lo general, se hace a través de perfiles de atención social muy generalistas; auxiliares de servicios sociales o trabajadoras sociales que derivan a las personas a otros sistemas. 

  • En los equipos de los centros hay carencias graves en formación y habilidades para trabajar con un enfoque adecuado de género o con información sobre el trauma que es consecuencia de las violencias sobrevividas. 

Y en este contexto institucional no se cuenta con un enfoque adecuado de género ni se trabajan las herramientas más básicas para entender cómo el trauma atraviesa las vidas y los cuerpos de las mujeres supervivientes de violencias. Así, es inviable hacer un acompañamiento significativo – o por lo menos que no revictimice y agrave el sufrimiento-  a mujeres que sobreviven a violencia de género, y es imposible que se sepa detectar la violencia de género o ayudar a las mujeres a detectarla en sus vidas. 

¿QUÉ LIMITACIONES PRESENTAN LOS RECURSOS PARA MUJERES QUE SOBREVIVEN A VIOLENCIAS MACHISTAS EN LA ATENCIÓN A MUJERES QUE NO TIENEN UN HOGAR?

  • ¿Qué hacemos con las necesidades complejas? “Vuelva usted cuando se cure de la exclusión” 

Es un hecho habitual en todo el entorno europeo y Canadá, seguramente en otros también pero hablamos de aquellos en los que hay evidencia científica, que las mujeres que están sin hogar y sobreviven a violencia por parte de su pareja o ex pareja no reciban atención especializada por parte de las redes de protección frente a la violencia de género. Especialmente las mujeres que sobreviven en las formas de sinhogarismo más visibles (calle y albergues) y/o que presentan necesidades complejas añadidas, incluyendo consumos activos y malestar psíquico en cualquiera de sus formas, suelen ser excluidas de la atención especializada. 

No hay datos de investigaciones, pero, por conocimiento informal planteamos aquí la duda de si esta respuesta exclusógena de la red de atención frente a la violencia de género pasa incluso cuando no hay duda de que esa mujer es una víctima de violencia de género. Es más, nos arriesgamos a decir, y esto lo afirmamos nosotras, que incluso en el caso en que el riesgo para su vida sea evidente y palpable. 

Una respuesta que hemos recibido frecuentemente en estos casos viene a decir que es necesario que las mujeres de las que hablamos “se curen” de la exclusión antes de ponerse a trabajar en las consecuencias de la violencia en su vida. Incluso oímos de forma habitual que la violencia es “el menor de sus problemas”. Si una mujer no tiene casa, no tiene trabajo, no tiene ropa limpia, no sabe si hoy va a comer o cuándo podrá ver de nuevo a su hija, parece que estamos pidiendo que solucione todo eso antes de recibir apoyo especializado. Si está con una depresión o trapicheando para conseguir la siguiente dosis de lo que sea que se esté metiendo, ¿qué urgencia tiene impedir que su novio le pegue o le viole sistemáticamente, o le esté destrozando emocionalmente día tras día? 

Entended el tono de estas preguntas retóricas desde este contexto de reflexión didáctica por favor. No estamos diciendo que la estabilidad no sea la condición óptima para abordar las consecuencias de las violencias. Como estamos seguras de que lo es hacemos lo que hacemos en el día a día en La Morada Housing First. 

Sólo utilizamos el tono provocador en las preguntas para que pongamos las situaciones en contexto. 

Si, como hemos estado viendo a lo largo de este curso, las violencias están en el origen de la situación de sin hogar, del malestar psíquico, de los consumos, de los comportamientos disruptivos u otras formas en las que el trauma esté dando la cara en cada caso. Si asumimos esto y seguimos excluyendo a estas mujeres de una atención integral y especializada nos hemos convertido en parte del problema. 

  • Modelos centrados en el servicio y no en las mujeres

¿Cuál es el motivo por el que se justifica que mujeres que sobreviven a violencias y tienen consumos o algún trastorno de salud mental no entren en los recursos de protección de las redes de violencia de género? Habitualmente los motivos aducidos tienen que ver con la convivencia con otras mujeres y sus hijas e hijos. Los recursos de atención a víctimas de violencia de género y sus hijas e hijos suelen estar desbordados, conviven muchas personas que comparten espacios para dormir, para estar o ver la tele. 

Como los contratos a través de los que se gestionan los servicios de las redes de atención marcan de forma muy estricta las ratios de profesionales- usuarias, los perfiles profesionales, la dotación de personal de noche o en festivos, los precios que se pagan por los centros, por cada plaza, por cada comida, etc nos encontramos con servicios habitualmente infradotados de personal y con estructuras que no siempre permiten que las mujeres y, en su caso sus hijas e hijos, tengan espacios de convivencia que garanticen la intimidad. Tampoco es habitual que los centros, los propios edificios, tengan espacios al aire libre donde pasear, donde salir a fumar o donde tomar el aire sin dar más explicaciones. Y con esas condiciones y recursos tenemos que garantizar la buena convivencia entre todas las mujeres que estén en los centros. 

Cualquiera que trabaje en centros o recursos residenciales entiende la situación que se plantea. Pasa lo mismo en otras redes de atención, con personas sin hogar, como decíamos, pero también en las redes de salud mental, las de drogas, las de discapacidad… 

Y la pregunta que nos surge es ¿Se ha elegido este modelo de atención porque se haya demostrado que es mejor para las personas, en este caso para las mujeres? De nuevo, no contamos con estudios que nos avalen con datos científicos pero nos aventuramos a afirmar que se ha elegido este modelo centrado en el servicio y no en las personas porque es más barato -aparentemente- , porque genera más beneficios para las empresas que gestionan los servicios y porque devuelve mayor rédito político al partido de turno que esté gobernando (de cara a la rendición de cuentas con la ciudadanía vende mucho más hablar de plazas creadas en términos de centenares, de miles de estancias, y eso en una legislatura de 4 años sólo se consigue con centros residenciales grandes). 

  • Mujeres con hogar a las que la violencia deja sin hogar. Mujeres autónomas a las que las redes de protección hacemos dependientes. 

Como en el caso de recursos de atención a personas sin hogar, los recursos de las redes de violencia de género están abriendo mucho la puerta de entrada para dar respuesta a la cantidad cada vez mayor de mujeres que demandan apoyo, pero las salidas de la red (después de los recursos de emergencia, de corta, de media y de larga estancia) se están demorando cada vez más porque no hay opciones a las que salir. Es habitual en todo el entorno europeo que las redes de protección frente a la violencia, y todas las redes de atención a personas que prioricen los centros de atención frente a alternativas en viviendas más pequeñas,  sufran este efecto embudo. 

Y en este punto vamos a pensar en mujeres que llegan a la red de atención desde la que ha sido su vivienda habitual, no desde situaciones de sinhogarismo más o menos ocultas. 

El reunir el valor y las fuerzas para protegerse de su agresor y pedir ayuda en las redes de protección no sólo supone para las mujeres un paso gigante, además las deslocaliza de todo su entorno, su contexto y su vida. Si tiene hijas e hijos a su cargo que vayan con ella, de igual forma a los menores. La violencia, entre otras cosas, les roba su techo, su hogar, su barrio. 

Depende mucho de los procesos y las circunstancias, pero en muchos casos las posibilidades de acceder o de mantener una vivienda de forma autónoma se convierte en un imposible para las mujeres a las que se presta atención integral en las redes de protección. Desde luego en la mayoría de los casos y con todas las dificultades estructurales que se añaden a las dificultades de propio proceso de recuperación de las mujeres, el llegar a tener de nuevo un lugar al que llamar su casa es una de las grandes dificultades. 

Pero, además de las dificultades por falta de empleo, de recursos económicos, de apoyos para cuidar a sus criaturas para que pueda formarse o aceptar un trabajo… Además de todo lo estructural y ajeno al proceso de intervención en las redes de protección, nos encontramos de forma habitual con un elemento que es resultado del modelo de atención: En vez de contribuir a aumentar la autonomía de las mujeres durante el tiempo de estancia en los centros y recursos de atención, estamos contribuyendo a mermar sus habilidades. 

Y de nuevo, conociendo la forma en la que funcionamos en los centros, era esperable. Tengamos en cuenta que las mujeres dejan de tomar decisiones sobre cuestiones básicas de su vida (sus horarios, compras, qué comen, a qué hora comen) y pierden habilidades de autogestión, de decisión, de hacerse cargo de sus cosas, de responsabilizarse sobre su propio futuro, etc.