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Índice de igualdad de género

Índice de Igualdad de género

La desigualdad de género existe todavía hoy en pleno siglo XXI postpandémico, pero vamos dando pasos, lentas, pero pasos al fin y al cabo, hacia la igualdad de género. 

El significado de igualdad en nuestro contexto se basa en el derecho a la igualdad de oportunidades, aceptando las diferencias entre los seres humanos. En este sentido, la diferencia no tiene por qué significar desigualdad, del mismo modo que lo diferente puede ser equivalente, es decir, tener “igual valor”. En palabras de María Elena Simón, la igualdad requiere del reconocimiento de las diferencias, puesto que nadie es igual a nadie, de igual modo que la desaparición definitiva de las desigualdades de género entre los seres humanos marcará un cambio de era como lo marcó también la abolición de la esclavitud o de la servidumbre como sistemas normalizados de organización social. (Simón Rodríguez, María Elena. Hijas de la desigualdad, herederas de las injusticias. Madrid, 2008) El hecho de que aceptemos las diferencias no invalida que todos los seres humanos tengamos derechos fundamentales, propugnados en la Declaración Internacional de Derechos Humano y en los sucesivos tratados y declaraciones internacionales.

Pero la realidad es que la igualdad formal (en las leyes) se ha mostrado incapaz de solventar las desigualdades entre los géneros, lo que es denominado por algunas autoras como “espejismo de igualdad” (María Elena Simón), que no es otra cosa que la creencia generalizada de que la igualdad legal implica la igualdad real, generando la falsa idea de que la igualdad ya está conseguida, lo que lleva a la aceptación del ambiguo discurso de que no hay que seguir luchando, ni presionando, ni siquiera exigiéndola, porque ya se tiene.

Es común encontrarse en diferentes ámbitos de la vida pública con afirmaciones tales como que “eso ya no pasa”, “ninguna mujer está ya discriminada en España en el trabajo”, “si no lo haces es porque no quieres”, o justificaciones biologicistas en el sentido de que “como existe el instinto maternal es normal que ellas sean las que acceden a las bajas maternales”, “las mujeres denuncian falsamente”, etc. Afirmaciones todas ellas que lejos de propugnar la igualdad y fomentar prácticas igualitarias entre hombres y mujeres, lo que sustentan es un discurso altamente sexista que promueve la desigualdad y falacia histórica de la “lucha de sexos”

La igualdad puede medirse a través de una serie de pruebas de evaluación, utilizando para ello los métodos estadísticos y la observación detallada del enfoque de género. Según María Elena Simón sabremos si efectivamente la igualdad es real al evaluar tres condiciones:

  • La igualdad de oportunidades.
  • La igualdad de trato.
  • La igualdad de condiciones.

En la última década contamos, además, con un instrumento de medición de la igualdad a nivel europeo, el Índice de Igualdad de Género, que ha supuesto un avance en la sistematización de datos reales y efectivos sobre dónde estamos en este ámbito. 

El Índice de Igualdad de Género es un indicador sintético que resume las desigualdades que todavía existen entre hombres y mujeres en una serie de aspectos relevantes que afectan a su bienestar y a su desarrollo personal.
Se elabora empleando la metodología del Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE), así como la información facilitada por dicha institución sobre el conjunto de los 28 países que actualmente forman parte de la Unión Europea.

El Índice de Igualdad de Género, resultado de tres años de trabajo y de un largo proceso de consulta a muchas organizaciones y partes interesadas, se presentó en una conferencia en Bruselas el 13 de junio de 2013. Se trata de un indicador global que mide a la distancia a la que se encuentra la UE y sus Estados miembros de alcanzar la igualdad de género. El índice, cuya primera edición se refiere al 2010, se actualiza cada dos años.

DIMENSIONES DEL ÍNDICE DE IGUALDAD DE GÉNERO

Analicemos las distintas dimensiones que mide el Índice de Igualdad de Género europeo: 

Dimensión empleo mide el acceso al mercado laboral de hombres y mujeres en un país miembro dado, la calidad de empleo al que acceden y, entre otras cosas, las posibilidades de desarrollar una carrera profesional. En el análisis de esta dimensión desde finales de los años 2000 encontramos tendencias en las que merece la pena pararnos para reflexionar: 

  • Entre las mujeres hay una tendencia menor a “participar” en el mercado laboral y mayor tendencia a trabajar en la economía sumergida (datos Comisión Europea, 2009) Al menos en años pre crisis estos datos parece que eran así. Genera más controversia este dato de la Comisión Europea a partir de 2009 o 2010. 
  • Las mujeres están sobrerrepresentadas en sectores como educación, salud y en otro sector -no reconocido como tal-, el de los cuidados. Y están infrarrepresentadas en los campos de las ciencias, la tecnología y las ingenierías, por ejemplo. 
  • Las mujeres participan desproporcionadamente en el trabajo no estándar y/o precario que ofrece menos oportunidades de formación y ascenso lo que, a su vez, puede incrementar la segregación. 

En la dimensión dinero se analizan el acceso a recursos financieros, bien a través de sueldos o salarios, ingresos por trabajo o por actividad y otras formas de renta como las transferencias sociales, por ejemplo. Destacan algunas tendencias: 

  • Las mujeres tienden a contar con menos recursos económicos que los hombres, por tanto disponen de menor riqueza y presentan mayor riesgo de pobreza que los hombres. ¿Esto lo sabemos desde que existe el Índice de Igualdad de género? Claro que no, las primeras conclusiones claras al respecto las conocemos a través de Fraser a mediados de los 90 del siglo pasado en estudios que situaban la desigualdad entre hombres y mujeres en el centro de la construcción social de la pobreza. Hablaremos largo y tendido sobre la feminización de la pobreza a continuación. 

La dimensión conocimiento muestra las diferencias que existen entre mujeres y hombres en el acceso a la educación y la formación. 

  • Las mujeres alcanzan, en mayor medida que los hombres, al menos el nivel de educación secundaria. Aún así persiste la segregación: cada vez más mujeres acceden a campos tradicionalmente dominados por hombres (STEM acrónimo en inglés para ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas) pero no así al revés, a la inversa no sucede lo mismo. Los campos más feminizados siguen siendo campos “reservados” para las mujeres.  

La dimensión tiempo analiza el equilibrio entre la dedicación a actividades económicas, actividades de cuidados o asistenciales como le llaman en la guía del Índice, y actividades sociales (de ocio, culturales, etc.). 

  • Durante los últimos 50 años la tasa de participación de los hombres en el mercado de trabajo se ha mantenido estable y la tasa de participación de las mujeres ha aumentado considerablemente. 
  • La participación de las mujeres en las actividades de cuidados se ha reducido en las mismas décadas no por un aumento equitativo de la participación de los hombres, sino porque las mujeres han dejado de hacerlas y las han relegado en otras personas, generalmente otras mujeres. 
  • Las mujeres siguen soportando mayor carga de trabajo y cuidados y, por tanto, menos posibilidades de participar en actividades sociales. 

La dimensión poder analiza la participación de mujeres y hombres en procesos decisorios. Destacan los siguientes datos en este ámbito: 

  • Bajo nivel de presencia de mujeres en altos cargos de universidades, consejos científicos o en el poder judicial. 
  • Las mujeres siguen infrarrepresentadas en instituciones económicas (consejos de empresas del IBEX, por ejemplo) 

La dimensión salud incluye diferencias en estado de salud, comportamientos con repercusiones para la salud y acceso a atención sanitaria. 

  • Las mujeres muestran mayor longevidad, aunque menor cantidad de años con buena salud.
  • Existen diferencias claras en factores determinantes de la salud. En los hombres se sigue observando un mayor riesgo de sufrir una muerte violenta, de ser víctimas de accidentes de tráfico, de fumar, beber o tener relaciones sexuales de riesgo. 
  • Las mujeres acceden más a las estructuras de salud, pero generalmente para personas a las que cuidan, no tanto para ellas mismas. 

Una de las aportaciones más interesantes para nosotras de este Índice lo encontramos en las dos dimensiones “satélite” que sirven de referencia: La intersección de desigualdades y la violencia. 

La dimensión interseccional analiza los datos medidos en el Índice teniendo en cuenta una premisa de base, que hombres y mujeres no son dos categorías homogéneas. Así, introduce el elemento de las diversidades entre las que encontramos las desigualdades sociales y económicas, la discriminación por diferencias de raza, origen, religión, diversidad afectivo sexual o identidad de género, etc., discriminaciones todas ellas que atraviesan las vidas de las personas y, por tanto, que atraviesan todas las dimensiones que analiza el índice. 

La dimensión violencia analiza las violencias machistas, es decir las violencias que las mujeres sufren por el hecho de ser mujeres, una violencia que se sustenta en actitudes, normas y estereotipos de una sociedad patriarcal que estamos todavía lejos de superar. 

Estas dos dimensiones satélite no puntúan, es decir no afectan a los resultado finales, pero pretenden generar un contexto de análisis más amplio, esfuerzo que, aunque no esté teniendo resultados tangibles, se agradece. 

Los indicadores a través de los que se obtiene el Índice provienen de más de 200 variables de distintas fuentes (EUROSTAT, EuroFund, Institutos de Estadística de los países miembros, etc.) 

El proceso es complejo, no sólo por la necesidad de aprehender datos que los diferentes actores miden cada uno a su manera y en su tiempo sino porque, como en todo índice, hay que partir de una medida inicial estandarizada, aplicar un coeficiente corrector y conseguir, así, una medida final. 

A nosotras la estadística nos gana por goleada, tenemos que hacer un esfuerzo inmenso en entender los procesos de medición que se generan, para que os hagáis una idea de la complejidad, esta es la fórmula que utilizó el índice europeo como medida inicial:

Éste de abajo el coeficiente corrector: 

Y ésta la medida final:

Si alguna tiene especial interés en las entrañas del Índice os dejamos este enlace el EIGE para que ampliéis información. 

Armado todo este elemento de medidas, las entrañas del Índice, tenemos como resultado final que el Índice de Igualdad de Género europeo va a situar a cada estado miembro en un punto de una línea de proceso que va desde la absoluta desigualdad (1) hasta la igualdad perfecta (100). Gráficamente se ve así: 

¿Cómo lo estamos haciendo en igualdad de género en Europa y en España?

Desde 2017, fecha anterior de medición, hasta 2019 sólo hemos subido un punto. A nivel UE27 en 2019 estábamos con 67.4 lo que supone que seguimos a un ritmo muy lento y queda mucho margen de mejora. 

En 2019 casi la mitad de los países de la UE obtuvieron un Índice de Igualdad por debajo de 60 puntos. En el top 2 encontramos a Suecia que alcanzó los 83.6 puntos, le sigue Dinamarca con 77.5 puntos. En la parte baja de la tabla encontramos a Grecia y Hungría, los dos por debajo de los 52 puntos. 

La media de la UE se sitúa en 67.4 aunque es necesario tener en cuenta el enorme rango entre las primeras posiciones y las últimas, de más de 30 puntos. Cuando existe un rango tan grande las medias no nos aportan mucha información cualitativa, desde nuestro punto de vista. 

En el caso de España, en 2019 consigue 70.1 puntos, puntuación sólo 2.7 puntos por encima de la media, y se coloca noveno en la tabla. El dato destacable es que desde 2005 según EIGE, España ha aumentado su puntuación en 8 puntos, un crecimiento lento pero sostenido en el tiempo (por verle el lado positivo). 

Si comparamos los resultados de esa media europea con los de España en 2019 vemos que estamos muy igualados a los países de nuestro entorno en las dimensiones de trabajo y tiempo, muy por encima en la dimensión de salud y en la dimensión de poder, aunque en esta última queda un recorrido enorme por hacer. No llegamos a la media en la dimensión de dinero y, viendo que estamos casi igualados en la dimensión trabajo, una de las conclusiones que sacamos es que nuestro nivel de brecha salarial es mayor que la de nuestro entorno. Os dejamos este cuadro explicativo como conclusión de este apartado.